En muchísimas ocasiones las ideas para escribir nacen de la observación y de saber escuchar a nuestro alrededor. Hace unos pocos días oí una conversación de autobús, entre dos trabajadores, que despertó en mí la necesidad de reflexionar sobre el origen del resentimiento social.

Los mencionados obreros, quienes portaban sus camisas con el logotipo de la industria donde laboran, hablaban de la injusticia de los sueldos y salarios que devenga la masa trabajadora venezolana, disertaban a viva voz su inconformidad y su frustración creciente.

Uno de ellos, con todo molesto y airado, decía "no es posible que nosotros que nos matamos trabajando ganemos 200 mil bolívares quincenales, mientras los ingenieros sentados con aire acondicionado ganen 2 millones mensuales".

¿Por qué la comparación? Fue la pregunta inicial que brotó en mi mente, ¿Por qué se comparan con aquellos que estudiaron una carrera, mientras ellos no pudieron o no quisieron hacerlo?

¿El ingeniero, el médico, el abogado, el administrador, el comunicador o el contador son culpables de algún delito por el hecho de ir a una Universidad y haberse graduado? Aquella expresión del trabajador fue como un rayo que iluminó mi entendimiento.

Yace en nosotros, en todos los seres humanos, una necesidad de endilgarles a otros nuestros propios errores y la causa de nuestras muy particulares faltas. El ingeniero no es culpable que el obrero gane poco o que su sueldo no le alcance, y menos es responsable que el obrero no se preparase con una profesión.

He aquí el origen del resentimiento social, el nacimiento de la interrogante maligna de: "por qué él tiene y yo no". Aquí, rudimentariamente, palpamos el brote orgánico de la idea del socialismo y del comunismo. En síntesis es la necesidad de tener aquello por lo que no luchamos, es el atacar a aquel que luchó y que tiene, y acusarle que por su culpa otros sufren carencias.

Para aquellos trabajadores, montados en un autobús de la ruta Barcelona-Puerto La Cruz, la responsabilidad de la diferencia de sueldo no estriba en la educación de unos y otros, no. Para aquellos trabajadores el ingeniero, no sabré decir cómo, le ha quitado lo que ha ellos le toca por sus esfuerzos y por derecho.

En sus mentes no pasa la idea de que: "estoy así porque no estudié" o "voy a trabajar duro para que mis hijos no estén donde estoy yo, sino que estén allá en el escritorio del ingeniero"... No, para ellos es más fácil, el atacar, el recriminar, el protestar.

Esta actitud ha sido el alimento por décadas de la izquierda, quienes por años han fomentado la idea errática, cómoda y, porque no decirlo, absurda, de que el que tiene es porque le quitó lo que le correspondía a aquel que ahora no tiene.

Sin embargo, quienes piensan así no saben que muchos de los ingenieros, médicos, administradores y más, no son ricos de cuna, no son los mentados "amos del valle", sino que muchas veces son hombres y mujeres que vienen de las barriadas populares y con muchos sacrificios, de ellos y de sus padres, lograron superarse en la vida.

El trabajo honrado, cualquiera que este sea, es digno de reconocimiento. Ya sea el que tiene el pico y la pala en las manos, o aquellos que tienen el lápiz y el papel. El trabajo no debe ser génesis de diferencias sociales, no. El trabajo debe unirnos más como hombres, como seres humanos, como ciudadanos.

Y, el verdadero responsable que el obrero no pueda vivir con su sueldo, que el profesional sobreviva y muchas veces la situación lo empuje a emigrar, no es de uno o de otros, sino de las políticas de un gobierno que ha sumido a la población entera en la miseria.

¡Señores! No se trata de luchas de clases, como Karl Marx propugnaba en sus ideas, y que muchos trasnochados siguen creyendo, la solución es la solidaridad entre todos los venezolanos, es que cada quien haga su parte trabajando. Que el cocinero cocine, el obrero construya, el ingeniero ingenie y el administrador administre, todos con honradez, con pasión y con compromiso.

Y al pensar todo estos aspectos me dije: ¡Eureka! La vida es vida, cuando asumimos nuestro papel en ella, cuando nos olvidamos de acusar a terceros de nuestras faltas y nos responsabilizamos de nuestro propio papel en nuestras vidas, familias y sociedades.

¡Para mí, el guarapo dulce, el café amargo y el chocolate espeso!