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Dom, Jun

La oposición política venezolana está pasando por un trance muy difícil. Los esfuerzos de coordinación que cristalizaron en las candidaturas unitarias en diferentes comicios, a partir de la conformación de la Mud, ya se observan mucho más trabajosos que antes. Se siente, sin duda, un decaimiento o un retroceso al respecto. Del viento de cola en la opinión pública, se ha pasado a un viento de frente, y las perspectivas, francamente hablando, no parecen auspiciosas. ¿Por qué ocurre todo esto?

En Venezuela existe una revolución nominal, o más bien una hegemonía transmutada en delincuencia organizada que se auto-denomina con el término “revolución”. En las revoluciones propiamente dichas, sobre todo las ideológicamente identificadas con la extrema izquierda, no suelen haber elecciones. Nunca las hubo en la Unión Soviética, no las ha habido en la República Popular China y desde luego jamás se han celebrado elecciones durante las casi seis décadas de la llamada “revolución cubana”.

A comienzos de año, se suelen escribir artículos pletóricos de buenos deseos, que por lo general, en el caso de la Venezuela de estos tiempos, no tienen nada que ver con la realidad y sus perspectivas. Este escrito no es uno de éstos. Al contrario, prefiero referirme al embuste del poder, o al embuste como concepción y ejecución del poder. Ojalá, por tanto, que los embustes del 2017 no tengan la misma eficacia y malicia que los del 2016.

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